lunes, 22 de mayo de 2017

TEMPORADA OPERÍSTICA 2017/2018 EN EL PALAU DE LES ARTS

Esta mañana, misteriosamente y sin previo aviso, ha aparecido colgado en la página web del Palau de les Arts el contenido principal de la próxima temporada operística 2017-2018 en el coliseo valenciano. Presumo que se ha tratado de un descuido informático del teatro, pero el caso es que yo lo he visto en una página de acceso público, al menos durante unas horas, y considero que puedo comentarlo aquí.

Todo lo que viene a continuación, aunque coincide casi en su integridad con alguna información que tenía yo, habrá de ser tomado como previsión o rumor hasta que sea confirmado oficialmente desde el Palau de les Arts por el propio Intendente, a quien ya sabemos que le encanta hacer shows de presentación de la temporada a los trabajadores, a la prensa y al público.

Entrando ya en el desarrollo del contenido de la información a la que he tenido acceso, el inicio de la Pretemporada tendría lugar el 11 de octubre con la ópera de Puccini, Madama Butterfly, de la que se ofrecerán 5 representaciones, en una nueva producción del Palau de Les Arts con dirección de escena de un hombre de la casa, Emilio López; dirección musical del joven director venezolano Diego Matheuz; y teniendo como protagonistas a la soprano Liana Aleksanyan y al tenor Sergio Escobar como Pinkerton.

El 10 de noviembre se estrenará un ballet sobre El amor brujo, de Manuel de Falla, en una creación de La Fura dels Baus para los Teatros del Canal y otros recintos, que pudo verse en Madrid el año pasado. No se facilitan datos de director musical ni del cuerpo de baile.

El 2 de noviembre se anuncia Le Cinesi de Gluck, en versión concierto, con dirección musical de Fabio Biondi y los cantantes Désirée Rancatore, Ann Hallenberg y Anicio Zorzi Giustiniani.

El 9 de noviembre otro concierto dirigido por Biondi, esta vez con la estupenda Petite Messe Solennelle de Rossini y la participación del Cor de la Generalitat y cantantes del Centre de Perfeccionament.

La temporada oficial tendrá que esperar al 9 de diciembre para inaugurarse con la versión italiana de Don Carlo, de Giuseppe Verdi, con dirección musical de Ramón Tebar y dirección de escena de Marco Arturo Marelli en una producción oscurísima de la Deutsche Oper de Berlín. En el reparto se avanza a Plácido Domingo como Rodrigo, a  María José Siri como Elisabetta, Don Carlo será Andrea Carè y Eboli Violeta Urmana.

El mes de enero parece estar en blanco. Esperaremos a comprobar si también este año, como ocurrió en 2016, coincide con que la agenda del Intendente Livermore tiene algún trabajo fuera de València, lo cual sería escandaloso.

El 1 de febrero se estrenará una de las obras que más ilusión me hacen a priori, Peter Grimes, de Benjamin Britten, en una producción del Teatro de la Monnaie, con dirección de escena de Willy Decker y musical de Christopher Franklin y con Gregory Kunde de protagonista y otros cantantes como Leah Partridge o Robert Bork. Hay previstas 4 representaciones más.

El 8 de marzo se estrena Il mondo della luna, de Haydn, en el Teatre Martin i Soler, en una producción del Teatro Arriaga con dirección escénica de Emilio Sagi y cantantes del Centre de Perfeccionament. No hay datos del director musical.

El 28 de marzo se ofrecerá la primera de las cinco funciones de Il Corsaro, de Verdi, con dirección musical de Fabio Biondi y dirección de escena de Nicola Raab en una nueva producción del Palau de les Arts, que prevé contar con las voces de Michael Fabiano, Kristina Mkhitaryan, Oksana Dyka y Vito Priante.

El 6 de mayo se estrena la enésima Tosca, de Puccini, de la que se ofrecerán 6 funciones, y que cuenta con la dirección de escena de Davide Livermore, en una producción del Teatro Carlo Felice de Génova, para la que por el momento no se conocen los intérpretes.

El 20 de junio tenemos otra cita importante con la primera de las cinco representaciones de La damnation de Faust, de Berlioz, que será la obra que ponga el broche final a la temporada, con dirección musical de Roberto Abbado y escenica de Damiano Michieletto, en una nueva coproducción del Teatro dell’Opera di Roma y el Palau de les Arts, para la que se prevé la participación de Celso Albelo y John Relyea.

También en junio, aunque en version concierto-espectáculo (miedito me da), podremos asistir, los días 24 y 28, a dos representaciones de La Clemenza di Tito, de W.A. Mozart, dirigida por Fabio Biondi, con la veterana Eva Mei y René Barbera.

Además de lo dicho se prevé un ballet y diversos conciertos, entre ellos dos dirigidos por Roberto Abbado, alguno por Biondi, otro con la presencia en el atril de Jordi Bernàcer el 9 de octubre y un concierto de Navidad el día 22 de diciembre, con el Cor de la Generalitat (Dios les ampare) dirigido por Plácido Domingo.

Otra de las citas imperdibles previstas para la próxima sesión operística sería un recital de arias de ópera a cargo de Mariella Devia el día 2 de junio de 2018.

Bueno, pues hasta aquí lo que he podido averiguar. Cuando se haga oficial la información podremos comentar más a fondo, pero mientras tanto sí hay algunas cosas que merecen resaltarse.

La primera es que, de confirmarse todo lo anterior, el director titular Roberto Abbado, de quien se viene comentando su deteriorada relación con Davide Livermore, tan sólo dirigiría algún concierto y La condenación de Fausto al final de la temporada. Por el contrario, el cotitular, Fabio Biondi, entre conciertos y óperas se va a inflar.

La segunda es que el repertorio alemán sigue siendo el gran discriminado por la dirección del teatro valenciano. Ni Wagner ni Strauss van a escucharse tampoco el próximo año. Es una absoluta vergüenza que se dilapide así el trabajo de los años  anteriores a Livermore, donde nuestra orquesta fue todo un referente en ese repertorio. Alegar que sería caro reforzar la orquesta es una imbecilidad, cuando vamos a tener Don Carlo o La condenación de Fausto; y cuando no es lo mismo un Lohengrin que un Holandés o un Tristán. Lo que hay que reforzar son las ganas del Intendente de afrontar Wagner. Y por último, dos Verdi y dos Puccini, con nuevas producciones de óperas ya vistas, me parece la guinda al insulto al repertorio germánico.

En fin, como decía antes vamos a esperar a que Livermore haga su show y anuncie y explique personalmente el contenido de la temporada.

Seguiremos informando.


ACTUALIZACIÓN A 23 DE MAYO:
Menos de 24 horas después de que yo publicase la anterior información, el Intendente Livermore, junto al secretario de Cultura y Deporte de la Generalitat, Manuel Girona, han presentado oficialmente la temporada 2017-2018 del Palau de les Arts. El contenido se puede consultar en la web del teatro (www.lesarts.com).

Básicamente la información coincide con lo que ya escribí yo ayer. Además, se ha anunciado un concierto de Henrik Nánási y se prevé que la Tosca de mayo sea dirigida por Nicola Luisotti y tenga como protagonista a la soprano Lianna Haroutounian.

Como desde ayer por la tarde estoy escuchando y leyendo bastantes majaderías respecto a mi acceso a la información, y aunque pensé que lo había dejado ya claro, repito que LA INFORMACIÓN LA OBTUVE DE LA PROPIA PÁGINA WEB DE LES ARTS, en concreto de este enlace: https://www.lesarts.com/linktemp1718/ el cual, obviamente, ya no está operativo. Busqué rutinariamente información sobre la temporada y el propio buscador de Google me llevó allí. Así pues, señor Livermore, no busque espías, ni topos, ni filtraciones... Y no tenga tan mal humor, caramba, que tampoco se han desvelado las claves de acceso a los silos nucleares.

domingo, 21 de mayo de 2017

"WERTHER" (Jules Massenet) - Palau de les Arts - 20/05/17

Mientras seguimos esperando que la dirección de Les Arts se digne anunciar oficialmente los títulos que compondrán la próxima temporada operística 2017/2018, ayer tuvo lugar en el coliseo de Calatrava el estreno de una de las obras que más expectación habían generado este año entre algunos de nosotros, Werther, de Jules Massenet, una de las cumbres del repertorio operístico romántico francés.

Resumiendo las impresiones que enseguida desarrollaré, diré que salí bastante decepcionado, por culpa sobre todo de unas prestaciones vocales que no me convencieron y una puesta en escena insulsa, cursi y bastante idiota; y ello pese a que la dirección musical me pareció sobresaliente.

La dirección de escena corre a cargo de Jean-Louis Grinda en esta nueva coproducción del Palau de les Arts y la Opéra Monte-Carlo. Del regista monegasco ya hemos podido ver en este teatro su trabajo para The telephone, Amelia al ballo, y la Tosca que se representó en 2011 y 2012. Dije entonces de su labor en Tosca que me resultó previsible y anodina, de planteamiento muy clásico, con una escenografía pobre y absurda y una vulgar dirección de actores. Y lo cierto es que podría decir lo mismo de lo visto ayer en Werther.

La propuesta es enormemente clásica y si el libreto dice clavecín, nos coloca un clavecín en mitad del escenario, si se habla de pistolas, allí están en un armariete, también el libro, las cartas… La única licencia que se toma el señor Grinda es presentarnos toda la obra como un flashback del protagonista que ya nos aparece durante el preludio con su camisa ensangrentada contemplando un espejo que se romperá y que permanecerá presente en el escenario durante toda la representación.

Esto del flashback no es ninguna novedad, pero además en este caso lo considero un recurso fallido. No tiene sentido porque para eso tienes que respetar el punto de vista del personaje principal y ver toda la obra a través de sus ojos, lo que resulta imposible en todas aquellas escenas en las que Werther no participa, salvo que le hagas estar por allí pululando para que veamos su espíritu contemplar la acción. Esto sólo se lleva a cabo poco antes de la entrada del personaje en el tercer acto, precisamente en el peor momento posible, pues se rompe todo el dramatismo de ese instante de Charlotte dudando si su amado aparecerá, mientras él está bambando por detrás mirando las pistolitas. Además resulta ridículo que se pase el personaje toda la obra vestido con la misma camisa llena de sangre.

Y si de vestuario hablamos me gustaría que alguien me explicase qué tipo de hecatombe climática hace que Albert llegue en el primer acto, que se desarrolla en el mes de julio, con abrigo y bufanda. Tampoco la caracterización de Schmidt y Johann como ancianos está conseguida, acercándose a una caracterización de función de colegio. Algo mejor aparece el personaje de Le Bailli, aunque con una pinta de Santiago Segura bastante risible. De los angelitos repipis casi mejor me callo porque la señora madre de Grinda no tiene culpa de nada.

La iluminación tampoco aporta absolutamente nada y todo es sosainas, plano y de andar por casa. La dirección de actores es igualmente vulgar y descuidada lo que, unido a la falta de sapiencia o ganas de la mayoría de los intérpretes, condujo a unos resultados pobres y aburridos en cuanto a dramatismo escénico.

Quizás pudiera reseñar la proyección que se ofrece durante el interludio musical entre el tercer y cuarto acto, con la imagen de Charlotte angustiada corriendo por un interminable camino nevado; pero, como ya sabéis, me repatea eso de que nos quieran entretener durante los fragmentos musicales

No quiero extenderme más sobre el componente escénico de este Werther porque pienso que no lo merece semejante pavisosez y tontunez que lo único que me provocó es sopor.

La riqueza melódica y el refinamiento orquestal de esta composición de Massenet, requieren una orquesta que esté a la altura y ayer encontró adecuado vehículo en nuestra Orquestra de la Comunitat Valenciana que volvió a sonar excepcionalmente; pero, sobre todo, necesita un director que sepa destacar y poner de relieve los inacabables matices de la partitura y Henrik Nánási nos brindó una lectura minuciosa y bellísima de esta maravillosa página. Lamentablemente, anoche en pocas ocasiones el escalofrío de la emoción me alcanzó; eso sí, cuando lo hizo fue siempre, salvo una excepción que luego comentaré,  en momentos puramente orquestales: en el Preludio, donde ya vimos por dónde iban a ir las cosas musicalmente, con una variedad de matices y juegos de dinámicas portentosos; en el Claro de Luna del primer acto, donde los violonchelos sonaron celestialmente; o en el interludio entre tercer y cuarto acto, de una intensidad emocional enorme.

El equilibrio orquestal, la variedad dinámica y la fuerza expresiva fueron constantes toda la velada, con una cuerda grave en estado de gracia, como en la introducción al Pourquoi me réveiller, con destacadas intervenciones también en diferentes momentos de saxo, violín y metales. Nánási nos ofreció una cuidadísima labor de dirección, cuidando bastante las voces, aunque hubiese puntuales arrebatos de volumen orquestal, pero sucedió en instantes en los que lo que se requería era precisamente eso, arrebato emocional. También estuvo atentísimo al escenario dando las entradas a los cantantes con gesto claro y preciso.

Este hombre ha venido ya tres veces a Les Arts y siempre me ha entusiasmado; además, chúpate esa, tocando tres palos tan diferentes como son Bartok, Verdi y Massenet. Por mí, desde luego puede seguir viniendo todos los años varias veces. El otro día en la rueda de prensa de presentación de estas funciones, bromeaban Livermore y Nánási sobre lo bien que se siente éste cada vez que viene a dirigir, por el buen clima de València en comparación con el frío berlinés (dirige allí la Komische Oper) y afirmó confiar en que el Intendente le vuelva a llamar. Yo, si fuera Livermore (Dios no lo permita), intentaría llamarle para que se quede y hacerle titular de una orquesta que no parece sentirse especialmente cómoda con Biondi y Abbado, ni este último parece muy contento con Livermore. En fin, por pedir que no quede.

Hay quien me dice que soy un pelota con el Cor de la Generalitat y que siempre les pongo bien… Pues mira por donde hoy no voy a hablar bien del coro.

El papel protagonista de Werther se ha encomendado al francés Jean-François Borras, un tenor que alcanzó relevancia mediática en 2014 cuando hubo de sustituir en este mismo papel en el Metropolitan de Nueva York al inicialmente previsto Jonas Kaufmann, y que viene con valiosas referencias al haber cantado también en otros importantes teatros (Londres, Viena, Berlín). Yo, después de lo escuchado ayer, no acabo de entender qué es lo que le han visto de especial y le ha catapultado a la fama. No diré que tuvo una mala actuación porque faltaría a la verdad, pero no encontré nada tan relevante como para decir que nos encontramos ante una estrella, ni mucho menos.

Es un tenor lírico bastante ligero, con una vocecita de agradable timbre y acusado, y en ocasiones molesto, vibratillo, a la que, para mi gusto, le falta bastante enjundia y cuerpo. Ofrece un Werther joven, muy ajustado por frescura vocal, delicado y evanescente; pero tan delicadito lo quiere hacer todo, con medias vocecitas y falsetes, que muchas veces cualquier atisbo dramático se evapora, deviniendo, más que en un héroe romántico, en un cervatillo tembloroso. Muestra potencia y seguridad en el agudo, donde es la única zona en la que adquiere prestancia y potencia vocal. Su fraseo tampoco es lo refinado que sería deseable y la escasez de consistencia vocal la pretende suplir en los pasajes más dramáticos con algunos arranques que rozan lo verista. Su primer acto me resultó de una insulsez casi vegetal. Mejoró bastante en el segundo, y en el tercero quizás ofreciese sus mejores prestaciones, cuidando bastante su esperado momento en el aria, la cual resolvió con elegancia y solvencia. En el cuarto tuvo un pequeño accidente perdiendo la afinación y rozando el kikirikí. Escénicamente Borras tampoco me convence y, entre la desidia regista de Grinda y que el tipo tampoco es precisamente Marlon Brando, me resultó demasiado estático y poco natural. Mención especial merece su alargada agonía, durante la cual igual estaba tirado en el suelo exánime, como se levantaba raudo cual rayo y se ponía a cantar como un machote. En cualquier caso, pese a la subjetiva opinión de quien esto suscribe, Borras fue el gran triunfador de la noche y obtuvo el reconocimiento unánime del público.

Siempre he sentido una especial predilección por la mezzosoprano italiana Anna Caterina Antonacci; su Carmen junto a Kaufmann en Londres, o su Cassandre de Les Troyens del Châtelet parisino, entre otros muchos ejemplos, me parecen papeles referenciales. A sus 56 años sigue desprendiendo un carisma y una belleza inigualables, pero quizás esta interpretación de Charlotte le haya pillado ya en un momento algo tardío de su carrera, no porque haya disminuido su capacidad dramática y expresiva, pero sí porque la juventud del personaje queda completamente desdibujada ante un instrumento que ayer, y siento decirlo, parecía acabado. La voz de Antonacci ha perdido homogeneidad y presenta colores distintos a lo largo de un registro en el que, en sus zonas más extremas del agudo y grave, las notas tienden a abrirse y muestran un apreciable vibrato. El agudo roza el tambaleo y el grave no existe, convirtiéndose la mayor parte de las veces en un parlato. El centro sigue siendo bello, pero ha perdido consistencia, por lo que la emisión a veces deviene inaudible. Dicho todo esto, que no es poco, a mí su expresividad dramática y vocal me continúa cautivando y logró hacerme sentir a flor de piel la lucha interna de Charlotte entre su amor por Werther y su compromiso con Albert y con los convencionalismos sociales; especialmente en el que, para mí, es uno de los momentos más bellos y emocionantes de la ópera francesa, el aria del tercer acto Laisse couler mes larmes, donde, acompañada por el saxo y una orquesta inspiradísima, logró conmoverme.

Creo que Les Arts se ha equivocado de lleno encomendando el personaje de Albert al alumno del Centre de Perfeccionament Michael Borth. Me parece bien que los papeles menores de las óperas se ofrezcan al Centre, pero Albert, pese a que su presencia en escena es limitada, tiene una importancia en la obra que merecía algo mucho mejor, especialmente cuando el encargado de asumir el rol es alguien tan carente de estilo, de medios tan limitados y que transmite la emoción de un sándwich de pepino, como fue el caso de Borth. A mi juicio, fue un Albert absolutamente impresentable que convirtió al personaje en alguien irrelevante y que vocalmente llegó incluso a gallear en un par de ocasiones, con una emisión inconsistente y sin ninguna autoridad vocal. Realmente entre lo blandito de este Werther y el mequetrefe de Albert, la que tenía que haberse suicidado era Charlotte.

En el apartado vocal, posiblemente lo que más me convenció de la noche fuera la soprano Helena Orcoyen que hacía frente al repelente papel de Sophie y que tuvo una excelente actuación. Extraordinariamente adecuada al personaje, su voz ligerísima, de jilguerillo, limpia y cristalina, con la que esbozó un dulce fraseo, convirtió sus intervenciones en un soplo de aire fresco.

Si repelente es el personaje de Sophie no digamos los de Schmidt y Johann… La verdad es que en Werther, aparte de los dos protagonistas, el resto de papeles siempre me han parecido bastante odiosos y si hubiese metido la tijera Massenet creo que nos habría hecho un favor. Los miembros del Centre de Perfeccionament Moisés Marín y Jorge Álvarez fueron los encargados de encarnar a este par de vejestorios, pero, entre la primitiva caracterización escénica y sus exageraciones en los movimientos para hacernos creer que eran ancianos, la cosa acabó siendo grotesca. Vocalmente no obstante cumplieron de forma aceptable.

Otro bonico personaje es Le Bailli, ese carcamal, padre de Charlotte, que ha tenido ocho hijos y cuya esposa está fallecida, intuyo que suicidada ante la perspectiva de seguir siendo la coneja del señorito. El omnipresente miembro del Centre Alejandro López fue quien asumió el rol. Me convenció más que otras veces, supongo que porque su voz ajada y su habitual limitación para el movimiento escénico, en esta ocasión le iban bien al personaje. Además su entrega dramática fue algo mayor. Si hace poco dije que su faceta de actor no era mucho mejor que la de un sobao pasiego, creo que ha llegado el momento de ascenderle a Tigretón.

Estupendos vocalmente, aunque con algún despiste escénico, supongo que por fallos de dirección, estuvieron los niños de la Escolanía de la Mare de Déu dels Desamparats y las chicas de la Escola Coral Veus Juntes de Quart de Poblet.

La sala principal del Palau de les Arts presentó una buena entrada, aunque hubo notablemente más huecos que en los anteriores estrenos de la temporada. No sé muy bien qué es lo que ha ocurrido para que esta conocida ópera sea una de las que menos respuesta del público ha recibido hasta el momento. Los asistentes estuvieron bastante fríos, aunque interrumpieron con aplausos la representación al finalizar el aria de Charlotte Laisse couler mes larmes. Hubo ovaciones para todos al concluir la función, especialmente para el tenor Borras y la orquesta, pero no se prolongaron en exceso. De hecho los saludos se extendieron más allá de los aplausos.

Pues, como siempre, os animo desde aquí a acudir a ver este Werther y a forjaros vuestra propia opinión. Aunque sólo fuese por la belleza de las melodías compuestas por Massenet y por las excelentes prestaciones que Henrik Nánási extrae de nuestra orquesta, ya valdría la pena.

Como decía al comienzo, seguiremos aguardando a que el señor Livermore se decida a hacer público el contenido de la próxima temporada operística en València. Yo estoy deseando ya que lo haga para arremeter ante la ausencia que nos espera, una vez más, de Wagner, Strauss o Janáček y la saturación de repertorio italiano ya visto.



lunes, 27 de marzo de 2017

"LUCREZIA BORGIA" (Gaetano Donizetti) - Palau de les Arts - 26/03/17


Tras el huracán mediático y popular que revolucionó el Palau de les Arts con la reciente Traviata de Verdi, adornada por Valentino, la temporada operística valenciana se reanudó ayer con una de las principales obras del género belcantista, si bien no es de las más populares o conocidas entre el gran público, Lucrezia Borgia, del compositor Gaetano Donizetti. Y la verdad es que vivimos una intensísima velada operística en la que volvimos a sentir la emoción de las más grandes noches de este teatro, gracias, principalmente, a una descomunal interpretación de doña Mariella Devia.

Para la ocasión se ha presentado la ópera con la primera producción propia de Les Arts este año, en la que la dirección escénica, y esto sí que es una novedad, no ha corrido a cargo del intendente Livermore, sino de Emilio Sagi, otro nombre bastante habitual en la casa, que cerrará también la sesión operística en julio con otra creación suya, esta vez para la rossiniana Tancredi. Sagi siempre nos ha ofrecido interesantes trabajos, centrados hasta ahora en repertorio español, como en La Bruja, El dúo de La Africana, Katiuska, Luisa Fernanda o El rey que rabió.

Esta vez el director asturiano se adentra en la ópera italiana romántica con un montaje que huele bastante a low cost, con elementos que parecen claramente reciclados de otras producciones anteriores, como los moñetes falleriles de El rey que rabió o los paneles móviles y espejos de La Bruja. Sin perjuicio de lo anterior, yo pienso que no se le puede negar un indudable atractivo visual y funciona bastante bien. La propuesta de Sagi no pretende contar nada especial, simplemente sirve de vehículo al drama, unas veces con mayor acierto que otras pero, en líneas generales, adecuadamente. Se ha optado por una concepción más abstracta, huyendo de concreciones temporales y de escenografías que nos ubiquen en un espacio y tiempo determinados (apenas una góndola nos remitirá a Venecia y una maqueta de la ciudad a Ferrara).

Gran parte del éxito de la producción se debe al excelente trabajo de iluminación de Eduardo Bravo, que consigue crear unos ambientes enormemente sugerentes y juega también con los efectos, colores y sombras con inteligencia. El vestuario de Pepa Ojanguren es otro elemento positivo y he de decir que, aunque ya manifesté con ocasión de Traviata que soy un absoluto ignorante en la materia, personalmente me gustaron bastante más los vestidos de ayer de Lucrezia que los Valentinos de Violetta.

Siguiendo con comparaciones con la anterior producción vista en Les Arts, a diferencia de lo que sucedía en La Traviata, aquí sí se observa una labor de dirección de actores que, al menos, justifica el sueldo de la regia escénica. Cosa distinta es que luego se tope uno con algún cantante con menos expresividad que un poste de teléfonos, pero, aunque no haya un exceso de originalidad, hay ideas y un trabajo serio de dirección.  

Entre los aspectos que considero más fallidos, no me gustó que, una vez más, nos tengan que entretener durante los preludios u oberturas. Nada más comenzar a sonar las primeras notas, nos enchufaron un video muy livermoriano, de esos en blanco y negro con los personajes unos años atrás que ya aburren a las ovejas. Y después la guinda la pone el bailecito de miembros del coro mientras revolotean con unas medusas y unas cometas de papel y con unos manojos que parecen de espumillón navideño, y todo ello haciendo mucho ruido, molestando notablemente la concentración en la música. Otro punto negativo es que en muchas ocasiones los focos se reflejaban en los espejos o elementos reflectantes de la escenografía deslumbrando y molestando al público.

No creo que nos encontremos ante una dirección escénica especialmente relevante, no se plantea ninguna lectura especialmente original, no es el Sagi más brillante ni de lejos; pero, como hemos dicho en tantas ocasiones aunque sea triste, con que no se interfiera el devenir dramático ni se tome el pelo al espectador, ya nos conformamos, y en este sentido la propuesta cumple y tiene su atractivo.

Fabio Biondi ocupó ayer el foso de Les Arts para dirigir su primera ópera belcantista en la casa, donde hasta la fecha sus intervenciones se habían centrado en obras de los periodos barroco y clásico. En cualquier caso no es algo nuevo para él; sin ir más lejos, en 2012 y 2014 ya pudimos verle en el Palau de la Música dirigir a su agrupación Europa Galante en Norma y Anna Bolena. Como ya ocurriera en aquellas ocasiones, el director palermitano afirma haber buscado una lectura fiel a su origen con un lenguaje historicista. Pese a que Biondi se empeñe en querer destacar lo importante que es la base orquestal en esta partitura, no nos engañemos, no es lo principal. A mi juicio, Biondi se equivoca al intentarse hacer demasiado presente, con  desmanes de volumen y chimpunistas que perjudicaron a las voces, y con algunos cambios de tempo (en la cabaletta del bajo o en el trío del primer acto) efectistas sin duda, pero que no se sabía muy bien a qué respondían. Y, sin embargo, patinó en aquello en lo que debía haber sido más cuidadoso, el respeto a las voces y el mantenimiento de un pulso narrativo que no supo sostener, sobre todo en el Prólogo y en la primera mitad del segundo acto, donde, con algún tempo somnífero, en más de un momento se le cayó la tensión. No obstante, quizás en otra obra todo esto me hubiese enfadado más, pero lo cierto es que, quiéralo Biondi o no, lo fundamental aquí es el canto, y anoche funcionó tan bien lo vocal, con la excepción que luego comentaré, que no me importó.

Por lo demás, el nivel de la Orquestra de la Comunitat Valenciana fue irreprochable, con protagonismo y solvencia en los metales y delicadas intervenciones de arpa, flautas o del siempre hechizante oboe de Christopher Bouwman.

No es una obra esta que permita un especial lucimiento del coro, aunque, como de costumbre, el Cor de la Generalitat volvió a sorprender por su saber hacer escénico y por su homogeneidad y poderío vocal, como demostraron los chicos en la escena primera del segundo acto.

El gran atractivo de la cita se centraba en la presencia de nuevo en nuestra ciudad de una de las grandes diosas del bel canto, una figura referencial de la genuina escuela belcantista a la antigua, la gran Mariella Devia, que retornaba a Les Arts después de la maravillosa Norma que nos brindó en 2015. Y no es que no nos defraudara, es que dio una soberana lección de canto y puso la platea patas arriba.

La voz puede no tener, obviamente, la frescura de la juventud, pero escuchándola parece difícil creer que el próximo mes la Devia vaya a cumplir 69 años. Es muy complicado cantar mejor. Sigue maravillando la soprano italiana por su elegancia, musicalidad, claridad de exposición, finura y asombrosa técnica, con una depuradísima emisión y un inconmensurable control del fiato que, aunque haya disminuido, le permite seguir exhibiendo un legato pluscuamperfecto. Sus ataques son limpios y rotundos, la afinación y colocación perfectas, sus filados cortan la respiración, y suple las debilidades que se insinúan tímidamente con una contenida expresividad que sin embargo desborda emoción. Es verdad que a la zona grave le falta más consistencia y eso afecta a la homogeneidad de registros y podría deslucir un tanto la línea de canto, pero su sabiduría musical está ahí para salir del paso con distinción. Hay perfección canora tanto en el canto spianato como en las partes más ornamentadas, donde sigue afrontando las agilidades con maestría. Es ejemplar la nobleza y expresividad de su fraseo y cómo construye y acentúa los recitativos, sustentando dramáticamente el canto. Debería ser clase obligada para tantos cantantillos de medio pelo que piensan que con alardes pirotécnicos efectistas tienen la lección aprobada, vomitando luego unos recitativos ininteligibles y pavisosos de actor de serie española.

Ya maravilló con la belleza que supo imprimir a la cavatina de entrada Com'è bello! pese a los plúmbeos tempi de Biondi, o con la eterna nota mantenida en el concertante que cierra el Preludio, o en sus dúos con Gennaro; pero su escena final fue de enmarcar, es imposible cantar mejor Era desso il figlio mio. Todo lo que había que hacer lo hizo y lo hizo bien. Una ópera que acaba con la Devia cantando así y cayendo el telón, tiene el éxito garantizado, ya puede ser aburrida la dirección musical o escénica o ya pueden habernos metido un tenor de saldo, pero ante semejante exhibición sólo puede uno caer postrado de hinojos y susurrar: gracias.

La grandeza de la Devia no debe eclipsar el reconocimiento de la otra gran triunfadora de la noche, la mezzosoprano Silvia Tro Santafé que nos ofreció un Maffio Orsini excelente. Sigue presentando la valenciana una voz amplia de muy bello timbre, con un centro sólido y unos graves de peso que combina con una zona aguda que sabe hacer brillar, aunque puntualmente se intuya algún apuro. El depurado y diáfano fraseo estuvo pleno de musicalidad y variedad de acentos y su implicación escénica y asunción del personaje fueron ejemplares. Brava.

Debutaba en este teatro el bajo Marko Mimica, que asumió el rol de Alfonso d’Este. Para empezar, se agradece escuchar de vez en cuando una voz natural de auténtico bajo, sin esas emisiones traseras cuasi rectales que tan comúnmente nos visitan. Mostró poderío, potencia y homogeneidad en una voz imponente y compacta, sin apenas fisuras, a la que además supo dotar de intensidad, nobleza en el fraseo y se permitió incluso insinuar medias voces y ofrecer algunos detalles más que interesantes.

Fue una lástima, por ser generoso en la calificación, que el cuarteto protagonista de solistas vocales no acabase de resultar redondo con el tenor al que se ha encomendado el papel de Gennaro, el norteamericano William Davenport, quien ya subió al escenario valenciano al inicio de la pretemporada para cantar a Donizetti, como Nemorino en L’Elisir d’amore, y que volvió a mostrar las virtudes y, sobre todo, carencias que se pusieron entonces de manifiesto. Muestra una atractiva emisión natural de una voz que se defiende en el agudo con solvencia, y pare usted de contar. Carece de homogeneidad y de empaque y técnica para proyectarla adecuadamente, resultando anginosa, enganchada a la garganta. Tampoco dotó a su fraseo del refinamiento que exige el género y en sus dúos, tanto con la Devia como con Tro, quedó en vergonzante evidencia. Sus recitativos eran pésimos, el fraseo plano y descuidado y cualquier atisbo de heroicidad, dignidad o nobleza de Gennaro quedaban ocultos en un canto sin fuerza alguna, que hacía completamente increíble un personaje que en su pellejo se convirtió poco más que en un mindundi, un Nemorino en apuros chupándose el dedito. La falta de expresividad fue la tónica de la noche y, a modo de ejemplo, cuando su madre le dice que ha sido envenenado y va a morir, su reacción emocional no fue mucho más allá de la que hubiera tenido ante la noticia de que Alavés y Celta habían empatado a cero un partido amistoso.

En papeles menores volvieron a ser reclutados los consabidos miembros del Centre de Perfeccionament Fabián Lara, que fue el más destacado de todos, Andrés Sulbarán, Alejandro López, Moisés Marín, Andrea Pellegrini y Michael Borth, que están ya más vistos los pobres que el anuncio ese de las solteras de tu barrio que quieren conocerte, aunque he de decir que cumplieron dignamente, especialmente en el apartado escénico. También lo hicieron en sus brevísimas intervenciones los miembros del Cor de la Generalitat José Enrique Requena y Lluís Martínez.

El caso del Petrucci de Simone Alberti es distinto. ¿Se ha contratado para un papel irrelevante a alguien que no pertenece al Centre ni al Cor y que encima fue quien peor cantó de todos? No lo entiendo… o quizás sí, habrá que ver a qué agencia pertenece y en qué lote le han colado.

Fue una sorpresa muy agradable ver que había un lleno considerable en el estreno de ayer, aunque también es verdad que siendo un domingo se favorecía la presencia de nativos y foráneos. Hubo cierto revuelo en la platea al haberse programado los subtítulos de inicio en valenciano, algo que muchas señoras y señores de bien no podían consentir y se apresuraron a intentar corregir sin saber muy bien cómo, generando murmullos y ruiditos varios. El público se mostró bastante frío durante la representación y apenas la cavatina de la Devia levantó encendidos aplausos. Creo que el desconocimiento de la obra por gran parte de los espectadores, que no sabían dónde aplaudir, favoreció esa sensación. Sin embargo, al finalizar la función fue un auténtico delirio el que invadió la sala, siendo ovacionadísimos Devia, Tro y Mimica. La salida de Biondi a saludar coincidió con una disminución del aplausómetro que, justo cuando él se giró y se iluminó a la orquesta, volvió a incrementarse. También fue reconocida con cálidos aplausos la labor de la dirección escénica.

Esta Lucrezia Borgia es un hito que no debemos perdernos. Está muy bien que, además, vaya a ser la primera ópera que se emita desde Les Arts en streaming, el próximo sábado 1 de abril, a través de The Opera Platform; pero yo os recomiendo a todos que vayáis a escuchar a Mariella Devia en directo. Nunca es lo mismo y vale la pena.

Todo aquel falso oropel e impostado glamour con el que se decidió vestir el Palau de les Arts para arropar el gacetillero estreno traviateril, dejó ayer paso simplemente al arte en estado puro, al renacer de las auténticas esencias del género operístico, a lo que lo hace grande y eterno, a la sencilla belleza del canto humano sin artificios. Mariella Devia escribió ayer una nueva página de honor en este teatro al que honró con su presencia y con una de las interpretaciones más inolvidables que se han ofrecido en ese escenario. Todos a Les Arts. Ar!