viernes, 18 de mayo de 2018

RENOVACIÓN DEL PATRONATO DEL PALAU DE LES ARTS


Cinco meses y medio después (que se dice pronto) de que Davide Livermore presentase su dimisión como director artístico del Palau de les Arts, parecen darse por fin los primeros pasos efectivos para intentar empezar a enderezar el rumbo del teatro valenciano. El conseller de Cultura Vicent Marzà anunció ayer en rueda de prensa que el próximo lunes tendrá lugar la reunión constitutiva del nuevo Patronato de la Fundación Palau de les Arts que, a su vez, anunciará las bases de la convocatoria del concurso para la contratación del nuevo director artístico de la casa.

La primera buena noticia es que se anuncia una Presidencia del Patronato desvinculada de cargos políticos y con una intensa relación con el mundo de la cultura y el mecenazgo en nuestra ciudad, en la persona de Susana Lloret, vicepresidenta y directora general de la Fundación Per Amor a l’Art. Esa apertura del Patronato a la sociedad civil se completa además con la introducción de otras cinco personas más como son: la ex ministra de Cultura y patrona del Teatro Real, Carmen Alborch; Isabel Muñoz, que fue directora del Centro de Investigación Príncipe Felipe; José Remohí, del Instituto Valenciano de Infertilidad (IVI); Rafael Juan, empresario; y el presidente de la Asociación Amics de l'Òpera i de les Arts de la Comunitat Valenciana, Pablo Font de Mora.

Esto sin duda es una noticia que invita al optimismo de quienes, entre los que me incluyo, llevamos años abogando por un Patronato menos político. El problema es que, aunque se ha dado entrada a esas personas, los miembros del Patronato que lo son en función de sus cargos políticos, aumentará respecto a la anterior composición, pasando de 8 a 12, o sea doblando el de “representantes de la sociedad civil”. Entre estos cargos políticos se quieren reservar dos asientos al Ministerio de Cultura, a ver si alguna vez se digna mirar hacia Valencia más allá de para venir a la playa a chupar cabezas de gamba, y se animan a integrarse en Les Arts y a aumentar el actualmente insultante apoyo económico al teatro. Del antiguo Patronato parece que cae también la única persona que no era cargo político, el director del Cor de la Generalitat, Paco Perales, lo cual es una lamentable noticia, pues se pierde una de las voces más sabias de la música valenciana y los músicos dejarán de estar representados.

Por supuesto que esta estructura, al menos sobre el papel, es infinitamente mejor que lo que había, pero permitidme que muestre cierta desconfianza inicial. Si de verdad esa apertura a la sociedad del órgano de gobierno de la Fundación se hace efectiva y la sociedad civil tiene voz decisiva en los acuerdos del Patronato, entonces estaremos en la buena senda; ahora bien, no me gustaría nada que esta nueva estructura no fuese más que una renovación del desgastado maquillaje de los representantes políticos en Les Arts y al final solo sirviese para dar una apariencia de apertura y transparencia a unas decisiones en la misma línea que las que se han venido adoptando poniendo en peligro el futuro del teatro. Espero fervientemente que no sea así. Y será obligación de esas seis personas que se incorporarán al Patronato permanecer vigilantes para que no les tengan sólo de comparsas. Por otra parte, habrá que ver cuál va a ser la composición definitiva de otro órgano, la Comisión Ejecutiva, que será la que efectivamente vaya marcando el rumbo de la gestión.

Otra buena noticia anunciada ayer es el nombramiento de Plácido Domingo al frente de una nueva Comisión de Mecenazgo de Les Arts. Es motivo de enorme satisfacción que este gran artista decida seguir implicándose personalmente en el futuro de nuestro teatro pese a todo lo que ha caído. Pocos perfiles más apropiados habrá desde luego para buscar apoyos económicos nacionales e internacionales a la ópera en Valencia que el maestro Domingo, a quien le deseo mejor fortuna en esta singladura que la que tuvo Helga Schmidt cuando le vendieron la moto de dirigir el mecenazgo del teatro.

Y también pienso que es una buena noticia la confirmación de Francisco Potenciano como director gerente.

Respecto al concurso que se pretende convocar para la contratación del nuevo director artístico, espero que a partir del lunes, cuando se anuncien las bases del mismo, se despejen algunas de las muchas dudas que todavía existen sobre este proceso selectivo. De momento ya es un hecho constatado que no se han cumplido los plazos previstos y en junio no habrá todavía nombramiento. Dice el conseller que “hemos avanzado todo lo rápido que hemos podido, pero estas cosas requieren su tiempo”, una gran frase que pasará a los libros de politología y que en realidad quiere decir “dije una fecha a pitopito porque no tenía ni puñetera idea de lo que cuesta montar un tinglado de estos”.

Y otra cosa que no entiendo o no ha explicado bien Marzà es que, después de anunciar una convocatoria pública, imagino que con unos méritos a valorar, hable de que el proceso será confidencial. Entiendo que quiera avisar a posibles concursantes de que no van a ir pregonando quién se va presentando (cosa que conociendo el percal tampoco me atrevería yo a asegurar, cuando de hecho ya se están filtrando algunos nombres), pero espero que si se empeñan en establecer unos baremos (que siempre me ha parecido una estupidez), se haya de ser escrupulosamente transparente a la hora de justificar por qué se elige a Pepe y no a Juan.

Bueno, a partir del lunes veremos cómo va evolucionando la cosa. Más allá de las dudas, como decía al comienzo, lo principal es que parece empezar a desbloquearse la situación, lo que es fundamental para evitar que la imagen del teatro siga dañándose, y que algunas de las líneas que se apuntan no tienen mala pinta. Pondremos una vela a San Judas Tadeo.

lunes, 7 de mayo de 2018

"TOSCA" (Giacomo Puccini) - Palau de les Arts - 06/05/18

Ayer se estrenó otra Tosca en el Palau de les Arts… Y ya van tres desde que se inauguró. Con todas las obras de primera línea que hay en el repertorio operístico que todavía no se han estrenado en este teatro, se sigue insistiendo hasta el hartazgo en unas pocas, como es el caso de Tosca. Ya no hablo de obras o autores más singulares, sino que incluso dentro de la producción de los omnipresentes Puccini o Verdi tenemos óperas importantes como La fanciulla del West, Il Trittico, Ernani, Un ballo in maschera o Falstaff, que aún no se han escuchado, mientras que algunos tenemos ya un cierto empacho de chuparnos tanta Traviata, Butterfly, Turandot o Tosca. Pero claro, mientras se sigan agotando las localidades con estas obras es complicado que los gestores del teatro (si es que los hay actualmente) se planteen renunciar al recurso fácil de su programación en modo pepino.

Y hablando de gestores, la indolencia y desvergüenza de los actuales irresponsables culturales de la Comunitat respecto la situación que se vive en Les Arts, alcanza ya cotas que poco tienen que envidiar a las que en su día consiguieron otros nefandos personajes como Lola Johnson o María José Catalá. Se suponía que en marzo se iba a anunciar el concurso público para cubrir la vacante originada por la dimisión de Davide Livermore; estamos en mayo y el silencio es la única respuesta. La temporada próxima sigue sin hacerse pública. El desconcierto respecto al futuro de la dirección musical de la Orquestra de la Comunitat Valenciana es total tras la dimisión de Fabio Biondi, sin que nadie quiera aventurar nada ni se establezcan contactos en tanto no haya un nuevo director artístico. El Cor de la Generalitat anuncia drásticas medidas de protesta respecto a su situación y les torean con bonitas palabras vacías de hechos y soluciones concretas. La situación general del teatro es caótica y esperpéntica, pero lo más bochornoso de todo es que quienes deberían tomar medidas, o al menos dar la cara (dura) para no transmitir esta imagen de vacío de poder y de ideas, callan y se desentienden por completo, demostrando que esto no les importa nada. Luego cuando no haya nadie que se interese por venir a Valencia como director artístico o director musical igual hasta se extrañan.

Mientras tanto, los trabajadores y el equipo técnico del teatro, así como los miembros de la orquesta y del coro, siguen dando lecciones de profesionalidad, haciendo que todo funcione con apariencia de normalidad.

Y para completar el sainete, va y resulta que, en medio de esta juerga padre que vivimos, la dirección escénica de la Tosca estrenada ayer es de nuestro amigo el ex intendente Davide Livermore, quien se presentó ayer en Les Arts cojeando y apoyándose en una muleta (supongo que no sería una lesión de retorcerse por el suelo de risa viendo el panorama que ha dejado). La producción presentada pertenece al Teatro Carlo Felice de Genova y contiene rasgos bastante habituales en sus trabajos: hay claras influencias del lenguaje cinematográfico (aunque particularmente me ha parecido una sandez eso que ha dicho de que se presentaba la historia como un plano secuencia), no faltan algunos vídeos con nubarrones, la dirección de actores está trabajada, la escenografía es escueta pero efectiva, y, aunque pueda haber alguna pequeña licencia efectista, la propuesta no deja de ser enormemente clásica y fiel al libreto.

Toda la acción se desarrolla en una plataforma triangular imitando mármol, por supuesto muy inclinada, que igual servirá para escenificar la iglesia de Sant'Andrea della Valle en el primer acto, el despacho de Scarpia en el Palazzo Farnese en el segundo, o el Castel Sant’Angelo en el tercero; y el caso es que funciona bastante bien. Las velas tendrán también un importante protagonismo, tanto en la iglesia, como en los candelabros de Scarpia o en la celda de Cavaradossi. El gran valor de la escenografía es su movilidad y a su vez constituye uno de sus principales defectos. La plataforma girará frecuentemente ayudando a crear la diferenciación de ambientes de las distintas escenas sin interrupciones (a eso supongo que se refería Livermore cuando hablaba del plano secuencia) con diferentes puntos de vista y permitiendo un fluido movimiento de personajes. Además de eso, el giro se utilizará para ofrecer al espectador distintos niveles de la acción, permitiendo, por ejemplo, que veamos la tortura de Cavaradossi mientras Scarpia presiona a Tosca para hacer guarreridas, vulnerando el libreto pero potenciando el crescendo dramático. La diferenciación de planos de la acción jugará también un papel simbólico, con el poder eclesiástico arriba y el pueblo debajo, o con Tosca en lo más alto tras asesinar al vil Scarpia. La entrada en escena de éste es impactante, con el malvado personaje plantado en el vértice de la plataforma dominando la acción como una especie de Capitán Ahab en la proa del Pequod.

El problema estriba en que se abusa del efecto giratorio, que bien administrado es interesante pero que acaba por cansar y marear al espectador que sale de la sala con los ojos como Marty Feldman. Además se desluce el drama dando la impresión a veces de que los cantantes se encuentren en un tiovivo. Y para rematar, el carrusel y las alturas también afectan a las voces de los cantantes que pierden proyección. Y encima la plataforma al girar hace ruido que interfiere la música.

Durante el primer acto se ofrece al fondo del escenario la imagen circular, como un gran ojo vigilante, de la cúpula de la iglesia de Sant'Andrea, con los famosos frescos de Giovanni Lanfranco. También vemos en diferentes momentos aparecer de fondo los conocidos nubarrones livermorianos, y la imagen de un Cristo que durante la tortura a Cavaradossi sangrará, mientras que durante la cantata y en el Vissi d’arte lo que asomará será una especie de figura alada (¿paloma, ángel…?) bastante cursi. En el tercero veremos la luna y un paisaje, se supone que del Tíber, bastante cutrecillo, como de cuadro de sala de espera de Gestoría Martínez. También queda un poco ridículo que cuando Scarpia se quita el chaleco y se acerca a Tosca para cepillársela, desde algunas zonas del teatro se le viera la camisa manchada de sangre antes de que la diva le clavara el cuchillo. Debería controlarse igualmente la carga de los fusiles de la ejecución de Cavaradossi, pues el elevado volumen de chispas que sale, a buen seguro que acaba impactando en el tenor, que a este paso cuando llegue la última función parecerá Niki Lauda.

El vestuario creado por Gianluca Falaschi es más clásico que el peinado de Matías Prats Jr y absolutamente fiel a la época y libreto; mientras que en la iluminación se opta por un trabajo que resulte adecuado a la acción, sin especiales efectos, bastante básico. El final, para el que dice Livermore haberse inspirado en el film Cielo sobre Berlín de Wenders, es efectista y sorprendente, no tanto por lo que pasa sino por la forma de reflejarlo. Me resisto a comentar nada más para no hacer spoiler a quien todavía no la haya visto. Yo salí con sentimientos encontrados respecto a la propuesta del regista turinés, hubo cosas que me parecieron interesantes y otras que me cargaron, pero creo que en términos generales sirve a su propósito.

Al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana volvió a situarse Nicola Luisotti, quien ya nos ha visitado anteriormente en un par de ocasiones, dejando un buen recuerdo tanto en Mefistofele como en Nabucco. Independientemente de la labor que lleve a cabo, que considero que fue buena, es increíble el buenrollismo que desprende este hombre que permanece con la sonrisa en los labios durante toda la función. Luisotti dirigió con pulso, energía y precisión y un gran control de todas las secciones y de la escena, aunque yo quizás eché de menos un mayor refinamiento y una mayor puesta de relieve de los contrastes que tiene la partitura. Impuso de inicio unos tempi lentos que pusieron en algún apuro a los cantantes. También hubo abuso del volumen orquestal que castigó puntualmente las voces. Creo que al final del acto primero y en el tercer acto es donde la orquesta ofreció sus mejores prestaciones, logrando una intensidad dramática imponente, con una sección de cuerda absolutamente espectacular. Las flautas tuvieron también una noche inspirada tanto en el foso como en la gavota interna del segundo acto. Excelente fue la intervención de las trompas al inicio del tercer acto, o la introducción del clarinete de Tamás Massányi a E lucevan le stelle,  y maravillosos de nuevo los violonchelos en la escena previa de ese acto tercero, por cierto comandados por un nuevo solista del que ignoro su nombre.

El Cor de la Generalitat había anunciado posibles acciones de protesta, incluyendo la huelga en esta Tosca, si la administración autonómica no resuelve adecuadamente la incertidumbre de la agrupación por la situación de interinidad de sus miembros. Parece ser que se les ha emplazado para ofrecerles próximamente una propuesta y las acciones de protesta se han suspendido de momento. Ojalá todo se solucione de la mejor forma posible, que no es otra que garantizando la estabilidad y consolidación de todos sus componentes, con las medidas que sean necesarias, ordinarias o extraordinarias, para preservar este irrenunciable activo cultural de la Comunitat. Aunque conociendo el percal, más bien huele la cosa a un intento de ganar tiempo y evitar la repercusión mediática de una huelga en Tosca.

No es extensa la participación del coro en la obra, pero sí determinante en ese impresionante Te Deum en el que volvieron a mostrarse inmensos. También fue muy relevante su entrada del primer acto y una cantata del segundo espléndida. Muy bien estuvieron también los niños y niñas de la Escola Coral Veus Juntes de Quart de Poblet.

El papel protagonista de Floria Tosca ha estado interpretado por Lianna Haroutounian, una cantante que saltó a la fama internacional en el Don Carlo de 2013 en el ROH londinense dirigido por Pappano y protagonizado por Jonas Kaufmann, cuando tuvo que hacer una sustitución de última hora de la soprano prevista, Anja Harteros, consiguiendo un importante éxito. La soprano armenia tiene un instrumento privilegiado, con una voz lírica de indudable belleza en el centro que corre perfectamente por la sala con potencia y riqueza tímbrica. Se muestra poderosa y resplandeciente en el agudo y con muchas más carencias en una zona grave donde cambia el color. El reproche que yo le haría es la falta de matices, sin un solo intento de regulación; no obstante lo cual logró transmitir una gran expresividad dramática a momentos como el dúo con Scarpia del primer acto, con un estupendo Dio mi perdona... Egli vede ch'io piango!, la escena del interrogatorio o el dúo final con Cavaradossi. En el Vissi d’arte cantó con emoción e incisividad, pero yo eché en falta también una mayor variedad de intensidades.

Bastante menos me gustó el Cavaradossi del tenor surcoreano Alfred Kim, quien desde hace un año está siendo más noticia por motivos ajenos a lo artístico, tras ser condenado en Francia por violencia de género, lo que ha motivado que diversos teatros le hayan vetado. No ha sido el caso de Les Arts. Si le reprochaba yo antes la falta de matices a la soprano, lo de Kim fue ya de matrícula. Su fraseo tarzanesco no bajaba del forte, destrozando cualquier atisbo de lirismo que pudiera contener la partitura, con el agravante de que, además, su proyección, salvo en los territorios más agudos, no siempre superaba la barrera orquestal. Su momento de lucimiento en el adiós a la vida quedó así sepultado entre vozarrones desaforados, transmitiendo menos emoción que un percebe sesteando. Tan sólo en O dolci mani apuntó una aproximación a las medias voces, con mejores intenciones que resultados. El resto de su actuación fue una pura exhibición de músculo y potencia en el agudo, donde brilló notablemente. Tanto en La vita mi costasse del primer acto como en los Vittoria del segundo, nos regaló sendos impecables pepinazos en los que su voz, que en el centro se mostraba tirante, temblona y mate, sonaba limpia y liberada.

Claudio Sgura fue un Scarpia para olvidar. De medios mucho más limitados que sus compañeros de reparto, el barítono italiano se mostró absolutamente incapaz de otorgarle al personaje la presencia y autoridad que requiere.  La voz no es fea pero se le quedaba en la nuez, no llegando ni al proscenio. El Te Deum en lugar de ser su momento de lucimiento parecía una imitación de Harpo Marx, resultando totalmente inaudible. Y el segundo acto se quedó en una burda pantomima de un Scarpia sin carácter y más blandito que Bambi. Fue sin duda el más perjudicado por el torrente decibélico orquestal, pero intuyo que ni con un cuarteto de cuerda hubiera estado a la altura.

Entre los comprimarios destacaría el buen Sacristán de Alfonso Antoniozzi y el Spoletta del siempre entregado Moisés Marín  (tanto, por cierto, que el día del ensayo general a punto estuvo de partirse una pierna resbalando en la traicionera rampa inclinada ideada por Livermore).

Un Angelotti irrelevante y para desechar compuso el ex miembro del Centre de Perfeccionament Alejandro López, muy justo en lo vocal y en lo interpretativo, al que además se le castigó con una pinta lamentable de naufrago de Forges. Y muy justito el Sciarrone de César Méndez. Bastante más correcto fue Andrea Pellegrini como Carcelero.

Sí me gustaría reseñar la estupenda intervención del joven Alejandro Navarro miembro de la Escolanía de la Mare de Déu dels Desamparats como Pastorcillo.

Con todo el papel vendido desde hace meses, el teatro, como era de esperar, presentó un aspecto espléndido con un lleno absoluto. En el palco, pese a tratarse de una ópera de las fáciles, de las que pueden asimilar sin sueño hasta los altos cargos públicos, no se vio a ningún relevante marzalito. Hubo toses a cascoporro y la habitual estampida final a la carrera sin esperar ni a que se levante el telón, pese a que, al ser domingo, no eran las 9 de la noche cuando finalizó. Me parece impresentable y una falta de respeto que pone en evidencia la poca educación de una gran parte del público de Les Arts. Un público que, por cierto, se mostró bastante frío toda la noche. Al final hubo aplausos generalizados, pero sólo una ovación intensa para la pareja protagonista. Había cierto morbo por ver la reacción del respetable durante los saludos de Livermore como director de escena en el retorno a su teatro, pero pasó sin pena ni gloria. Fue tibiamente aplaudido y no se escucharon protestas, lo cual ya es bastante.

Bueno pues esta temporada, entre dimisión y dimisión, se nos está pasando en un suspiro. Apenas quedan algunas funciones en el infame Auditori, más la imprescindible Condenación de Fausto de Berlioz en la sala principal. Mientras tanto seguiremos esperando a que los responsables autonómicos despierten de su letargo y tomen decisiones cuanto antes respecto a la dirección artística, y a que se publicite de una vez la próxima temporada. Parece que Ramón Gener tiene ya reservada una fecha de junio para hacerlo; pero espero que antes haya algún anuncio oficial y, sobre todo, que finalmente de verdad haya una temporada operística medio decente.


sábado, 21 de abril de 2018

CONCIERTO WAGNER - Auditori del Palau de les Arts - 20/04/18


Casi cinco años después, la música de Wagner volvió a sonar en Les Arts… Desde aquella magnífica Valquiria que dirigiera el maestro Zubin Mehta allá por noviembre de 2013, la obra de Richard Wagner no había vuelto a tener presencia en el teatro valenciano. Una auténtica vergüenza, especialmente teniendo en cuenta las características de la Orquestra de la Comunitat Valenciana que se ajusta extraordinariamente bien y siempre ha destacado en el repertorio germánico del XIX y XX.

La llegada a la dirección artística de Davide Livermore sepultó las ilusiones de los muchos wagnerianos que formamos parte del público habitual de Les Arts y que temporada tras temporada veíamos como se nos empachaba de Verdi y Puccini mientras la programación de óperas de Wagner o Strauss, quedaba reducida a cero. Siempre alegó el turinés que el motivo era económico al precisar esas obras de refuerzos orquestales. Sin embargo no parecía haber problemas económicos para incluir otras óperas italianas, como Aida o Don Carlo, o francesas, como La condenación de Fausto, que no exigen precisamente unas orquestas reducidas. Además, como ya he dicho otras veces, no toda la producción de Wagner requiere fosos abarrotados, ahí están por ejemplo El Holandes Errante o Lohengrin y no digamos obras como Ariadne auf Naxos de Strauss. A mí nadie me quitará nunca la idea de que el único motivo de peso ha sido la preferencia y gusto personal del ex intendente Livermore.

Pero bueno, el caso es que esta temporada, antes de marcharse, Livermore aceptó incluir de nuevo en la programación la música de Richard Wagner. Eso sí, a modo de popurrí, en versión concierto y relegada a la infecta acústica de ese aberrante espacio que se hace llamar Auditori. Ayer volvimos a vivir un ejemplo de la tortura para las orejas que supone un concierto en esta sala, donde según el lugar en que te ubiques puedes tener una acústica sólo mala o pésima, dispersándose el sonido, retumbando los metales, escuchándose el ruido exterior y con imposibilidad de ubicar correctamente a los solistas vocales, lo que en un concierto como el de ayer, con una orquesta muy numerosa, tiene garantizado el avasallamiento y un desequilibrio importante. Por eso confieso que ayer no pude evitar reírme cuando Siegmund dijo eso de “O lieblichste Laute, denen ich lausche!” (Oh, dulcísimo sonido el que escucho)… sobre todo si además se pronunciaba con el timbre de grajo de las antípodas de Simon O’Neill.

Además de eso, a las despejadas mentes de Les Arts no se les ha ocurrido nada mejor que, al poco tiempo de salir las entradas a la compra general, vender (espero) todo el aforo libre a un patrocinador (Pavasal), con lo que desde hace meses en la web del teatro aparecían las localidades como agotadas; así que los aficionados que no tenían incluido en abono este concierto ni estuvieron especialmente rápidos en la compra anticipada, se han visto obligados a acudir a taquillas el mismo día de la representación a chuparse la cola, con perdón, y buscar si les llegaba alguna del 5% reservado legalmente. Ese bloqueo de entradas ha motivado además que, pese a la gran expectación que existía y a venderse en prensa que el concierto había agotado las localidades, se vieran bastantes huecos en la sala, posiblemente debidos a entradas regaladas por el patrocinador que no han sido utilizadas. Una pena hacer las cosas tan mal.

De cualquier forma, como decía, la expectación que se ha vivido estas últimas semanas ante el concierto y el ambiente emocionado que se respiraba ayer a la entrada, mostraban a las claras las ganas que tenía el público valenciano de volver a escuchar la música de Richard Wagner en su teatro; en un teatro que, no hemos de olvidar, hace no tantos años fue un referente internacional de la interpretación wagneriana.

El programa presentado estaba compuesto por la Obertura de Tannhäuser, el Preludio y Liebestod de Tristan e Isolda, y el primer acto de Die Walküre; contándose además con la presencia de tres voces importantes en el circuito internacional en repertorio wagneriano como las de Camilla Nylund, Simon O’Neill y Matti Salminen. El programa resultaba realmente atractivo para el espectador. Sobre todo para el más neófito porque esta modalidad de selección variadita a los wagnerianos más recalcitrantes nos deja un poco con sensación de coitus interruptus. Cuando la obertura de Tannhäuser te había introducido en el mundo del Venusberg, había que cambiar el chip al intimismo de Tristan. Y no digamos asistir a un emocionante primer acto de Valquiria y tenerse que marchar uno a casa sin que Wotan haga acto de presencia. Pero en fin, no me quejaré porque la verdad es que, pese a todo lo que pueda criticarse, yo me lo pasé estupendamente y espero que a partir de ahora si el teatro sigue vivo, cosa que cada vez veo más complicada, no tengamos que esperar otros 5 años para escuchar, aunque sea mal, la música de Wagner.

A esa expectación de la que hablaba contribuía también la anunciada presencia al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana del húngaro Henrik Nánási, un director muy querido por el público de Les Arts tras haber ofrecido unas magistrales interpretaciones en repertorios tan distintos como Bartók (El castillo del duque Barbazul), Verdi (Macbeth) o Massenet (Werther), y un maestro también muy querido por los músicos de la orquesta de la casa, que le han situado como el segundo preferido para dirigirla, sólo superado por escasos votos por Gustavo Gimeno, en una encuesta que salió hace diez días a la luz y que parece que ha sido el detonante para la dimisión de Fabio Biondi esta misma semana.

Ayer desde luego quedó claro que Nánási tiene una muy buena relación con los componentes de la Orquestra de la Comunitat Valenciana. Ese entendimiento entre director y músicos hay ocasiones en que trasciende más allá del pódium y casi se puede palpar en la sala y anoche fue una de esas jornadas. Sólo había que ver la forma en la que fue despedido por los integrantes de la orquesta, a los que sólo les faltó agarrarse a sus piernas y decirle: no te vaaayaaas. Yo no sé si existirá alguna posibilidad de materializar que este hombre pudiera ser el nuevo titular de la orquesta de Les Arts, pero no me cabe duda de que sería una muy buena noticia. Supongo que la cosa será difícil, si no imposible, y dejar su dirección actual de la Komische Oper de Berlín para venirse a esta jaula de grillos valenciana no parece una decisión especialmente sensata.

La labor de Nánási ayer, pese a todo, tuvo cosas mejores y peores y a la salida había opiniones para todos los gustos, pero nadie podrá discutirle su personalidad y profesionalidad. En general se caracterizó por estirar los tempi, ralentizando a veces hasta el límite del batacazo de la tensión, como en Tristan; pero compaginándolo siempre con algunos detalles magníficos. Me encantó la variedad dinámica y el espíritu que impuso en Tannhäuser. Y me gustó mucho su primer acto de Valquiria, con una introducción realmente espectacular y con una lectura lírica muy ajustada a las voces que le tocaron en suerte. Personalmente, me volvió a sorprender por su aparente facilidad para hacer brillar el conjunto orquestal, con un equilibrio fantástico, teniendo que pelear contra una acústica nefasta, primando la expresividad sin perder nunca la fuerza dramática y el pulso narrativo, salvo quizás en algún pasaje de Tristan. La colocación de las voces fue un error, pero tampoco creo que tuviera mucha mejor opción.

La Orquestra de la Comunitat Valenciana tuvo una gran noche. Hubo algún comentario de esos típicos de “esta orquesta no suena como antes”. Si seguimos tomando como referencia los tiempos del Fidelio o del Anillo más vale que nos surtamos de Prozac, pero, objetivamente, escuchar ayer la orquesta fue una gozada. Daba gusto ver el escenario abarrotado de músicos y el nivel ofrecido fue excelente pese a algunas pifias, unos pizzicatos a destiempo, algún desajuste puntual… pero yo disfruté muchísimo. Los violonchelos, con Rafal Jezierski marcándose un solo en Valquiria de escándalo, estuvieron sublimes; así como los metales, especialmente en Tannhäuser; el oboe de Pierre Antoine Escoffier, el clarinete de Joan Enric Lluna… Bravo.

En el apartado vocal fue un lujo contar con la presencia de una cantante wagneriana de referencia como es mi muy querida Camilla Nylund. La soprano finlandesa comenzó afrontando el Liebestod de Tristan e Isolda apenas unas semanas después de haber cantado por vez primera el rol (segundo acto y versión concierto) en Boston en compañía de Jonas Kaufmann que también debutaba el papel de Tristan. En esta segunda y breve aproximación al personaje de Isolde, la Nylund ofreció ayer una muerte de amor emocionante, cargada de lirismo y sentido dramático, con un fraseo exquisito que se vio empañado por su colocación en medio de la orquesta, lo cual unido a la densidad orquestal de la partitura y su voz lírica, bellísima, pero a la que, posiblemente, le falte todavía cuerpo como para insistir demasiado a estas alturas de su carrera en frecuentar este personaje, hizo que quedase sepultada por la avalancha orquestal.

Mucho más adecuado a su vocalidad resulta su Sieglinde, un papel que ha paseado ya con éxito por los principales recintos operísticos, incluido el templo wagneriano de Bayreuth, y con el que yo creo que se ha convertido en una de las dos o tres Sieglinde de referencia del panorama actual. Es verdad que aquí también su voz es más lírica de lo que, sobre todo históricamente, es habitual, pero la belleza de su canto, la fuerza dramática, la expresividad y el alma que imprime a la narración, son auténticamente cautivadoras, al menos para el que esto escribe.

Todo lo contrario me ocurrió con el tenor neozelandés Simon O’Neill que me resultó un Siegmund de saldo.  ¿Cometió alguna pifia, dejó de dar las notas que tocaban?, no; pero su voz se encuentra lejísimos de lo que debería ser un héroe wagneriano. La única heroicidad respecto a su personaje fue la de los espectadores que tuvimos que aguantar impertérritos cómo afeaba los dúos con Sieglinde y como toda la elegancia orquestal que se pretendía imprimir se machacaba con un timbre horrendo, nasal e ingrato. Ayer no tuvimos a Siegmund en escena, sino a Mime cantando el papel de Siegmund. Vocalmente, al lado de Nylund y hasta de un Salminen cascado, O’Neill fue un mero monigote con voz de pregonero. Es verdad que aguantó el fiato en unos Wälse largos, pero sin espíritu heroico y es que su canto insulso y monolítico aburría a las ovejas.

Tras anunciarse inicialmente que el encargado de asumir el papel de Hunding sería el veterano bajo norteamericano Eric Halfvarson, hace pocos días se conoció la noticia de que se veía obligado a cancelar su participación por enfermedad, y nos encontramos con la sorpresa añadida de que su sustituto sería el más veterano aún Matti Salminen. El legendario bajo finlandés que tan memorables jornadas nos ha brindado en este teatro desde sus inicios, anunció a finales de 2016 su retirada de los escenarios, con lo que su presencia en Les Arts ha sido aún más inesperada. Obviamente la voz de Salminen no es la misma de sus grandes años y asoman lógicas carencias, pero cualquier reproche queda automáticamente enmudecido ante la autoridad y presencia de su canto y su imponente fraseo. El público valenciano le adora y lo demostró sobradamente en los saludos finales.

Como he dicho antes fue una pena ver notorios huecos en la sala después de haber estado presumiendo de sold out durante meses. El ambiente, no obstante, era el de las grandes noches, con una ilusionante presencia, además, de bastante gente joven. Como siempre, algún móvil descontrolado y toses inoportunas, con especial referencia a la que se cargó sin piedad tras mi cogote el silencio final al consumirse las últimas notas del Liebestod. Al final, grandes ovaciones y euforia general pusieron el punto final a una noche mágica, pese a que algunos aficionados a la salida se mostraban ligeramente decepcionados. No fue mi caso. Yo disfruté mucho, pese a la acústica, al timbre de O’Neill y al coitus interruptus. Ojalá podamos seguir teniendo la presencia en Valencia de la música de Wagner y de Henrik Nánási.

Y mientras todo esto ocurría… en la conselleria de cultura supongo que el señor Girona buscaba en su colección de álbumes de cromos de fútbol a ver si encontraba en qué equipo jugaba ese tal Fabio Biondi del que todo el mundo le hablaba estos días, mientras su equipo de colaboradores seguía debatiendo si el concurso para elegir director artístico lo resolvían con la lotería de los Juegos Reunidos Geyper o echándolo a pies.